Llegué y me venciste. Caí rendida
bajo tus ojos. Huesos.
Color luna y tú le aúllas al cielo.
Yo callo y me escondo entre rincones. Color noche y caemos al vacío,
como Alicia en su agujero pero sin conejo blanco ni flamencos. Eres
el rey rojo, rojo sangre como todos los corazones menos el tuyo.
Azul, frío, estrellas que esconden nuestra locura. Dejé de pintar
rosas en el momento en el que te transformaste y pasé a reordenar
mis pensamientos a cada hora en punto.
Color luna y me curaba las heridas. Una
oruga azul que fuma en pipa me espera en la mesilla de mi cuarto y me
cuenta tus secretos más oscuros. Viajo a otro lugar del universo, la
velocidad de la luz no es tan rápida como tus pulsaciones. En mis
sueños siempre aparecen flores que hablan con enigmas de otras
vidas.
Color luna y nos amoratábamos los
labios. La ciudad era demasiado grande para encontrarnos. Tomaba el
té con la liebre de marzo en cualquier lugar y un hombre con
sombrero se sentaba a nuestro lado. Las luces nos cegaban, naranja,
amarillo, rojo. Corríamos a oscuras. La ciudad era demasiado pequeña
para ambos. Dos hermanos gorditos comían helado mientras tú le
tirabas piedras al río. La verdad era sal y azúcar al mismo tiempo.
Espiaban desde los rincones. Expiaban cada uno de nuestros pecados.
Escalofríos, temblores, impresiones vacías.
Un gato de rayas se aparecía y
desaparecía cada noche en nuestro tejado.
(Tras casi un año, he vuelto. Mis musas se habían escapado y por más que las llamase no querían volver.
Os he echado de menos)